País fascinante, lleno de historia y contrastes, cuyo mayor tesoro es su gente. Injustamente percibido desde occidente, en ningún otro sitio encontrarás un pueblo tan honrado, servicial y con tanto respeto hacia el extranjero. Nuestro viaje de dos semanas y media nos llevó de sur a norte, desde el cálido desierto hasta zonas de exuberante vegetación y clima lluvioso, visitando pequeños pueblos y grandes ciudades. Y a final, volvimos con curiosas anécdotas, una mente más abierta y una gran sensación de gratitud.

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Kharanaq, una antigua villa construida en mitad del desierto.

Tras no sin algún que otro contratiempo, finalmente pudimos tramitar nuestros visados a través de la embajada en Madrid con suficiente antelación. El viaje de ida duró más de 24 horas y nos llevó por Biarritz, París, Estambul y Teherán hasta llegar a Kerman, una ciudad poco frecuentada por los turistas que se encuentra al este del triángulo más habitual Yazd-Shiraz-Isfahan. Y esto ocasionó el primer choque cultural, ya que allí nos sentimos como verdaderas atracciones andantes. Todo el mundo se giraba a nuestro paso o se paraba a practicar su inglés con nosotros. En un principio es algo que resulta chocante y que te hace adoptar una postura defensiva, sobre todo teniendo en cuenta que allí no puedes usar tus tarjetas de crédito y tienes que llevar todo tu dinero encima (o al menos una importante cantidad). Pero esa sensación pasa rápido, cuando te das cuenta de que nadie quiere venderte nada, mucho menos robarte, y que su único interés es charlar un rato y ayudar en lo posible.

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Bajorrelieves a la izquierda de las tumbas en Naqsh-e Rostam.

Irán es un país cerrado al exterior. Internet está totalmente controlado por el estado y tan sólo unas cuantas páginas son accesibles. Ocurre lo mismo con la televisión y cualquier otro medio de comunicación. Por lo tanto, es comprensible que la gente tenga una curiosidad mordaz por los extranjeros, acentuada por la hospitalidad dictada por su religión. Los jóvenes son especialmente curiosos, ya que muchos estudian inglés en la escuela y de una forma u otra consiguen acceder a la cultura occidental, que ven como algo lejano y mágico. Sentirse el centro de atención es una experiencia muy curiosa, y en cierto modo algo incómoda.

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Actividad frenética en las calles de Isfahan cercanas al bazar.

Irán es también un país muy barato. El rial iraní (IRR) se cambia oficialmente a unos 15.000 por euro. Sin embargo, puedes conseguir alrededor de 25.000 en cualquier hotel, y unos 30.000 en las casas de cambio. Nosotros utilizábamos esta última cifra para calcular los precios aproximados rápidamente. Para que sirva de referencia, el alojamiento en hoteles (evidentemente por debajo del estándar europeo pero muchos de ellos muy tradicionales y con mucho encanto) nos solía costar unos 6-7€ por noche, la comida unos 2-3€, los taxis entre 1 y 2€ (viajando los cinco juntos en muchos de ellos) y los autobuses de línea entre 4 y 7€ (algunos equivalentes a una clase «supra»). El precio de las entradas culturales es insignificante. Y, adicionalmente, nuestra estancia resultó aún más barata ya que en esas fechas la moneda sufrió una depreciación brutal debido a las políticas del gobierno y los embargos sobre el país. Llegamos incluso a cambiar por encima de los 40.000 riales por euro, lo cual, pese a lo que pueda parecer, no nos hacía sentir del todo bien.

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Interior de la Mezquita del jeque Lotf Allah, en Isfahan.

Pero Irán también es, como todo país islámico, un país muy machista. Las mujeres deben taparse el pelo con un pañuelo y la figura con prendas holgadas. En muchos lugares públicos como aeropuertos o mezquitas hay entradas distintas para hombres y mujeres. En los autobuses las mujeres no pueden viajar al lado de un hombre a no ser que sea su marido, y en los metros hay vagones exclusivamente para mujeres. Muchas casas de té son sólo para hombres (aunque ver entrar a extranjeras provoca simplemente una mezcla de curiosidad y pequeño alboroto, ya que en cierto modo comprenden que las mujeres extranjeras se rigen por otras normas). En cualquier caso, las diferencias generacionales son evidentes en la forma de vestir, lo que es un claro indicador de que todas estas costumbres tarde o temprano acabarán desapareciendo. Existe también un código de vestimenta para los hombres, aunque éste es mucho más relajado y se limita a no llevar pantalón corto para ocultar las piernas.

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Mujeres comprando especias en el bazar de Isfahan.

Nuestro itinerario básicamente transcurrió entre las ciudades de Kerman, Yazd, Shiraz, Isfahan, Kashan, Rasht, Qazvin y Teherán. Todas ellas tienen algo interesante que mostrar y sirven de punto de partida para diversas excursiones en el día. Aparte de las innumerables mezquitas, de indudable valor arquitectónico y religioso y puras exaltaciones al alicatado extremo, el país cuenta también con numerosos jardines, muchos de ellos declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. También son reseñables las ruinas arquitectónicas –de las cuales la más conocida sea tal vez Persépolis–, las casas tradicionales, los templos zoroastrianos, el siempre mágico desierto, las exóticas construcciones como los badgirs (antiguas e ingeniosas torres de aire acondicionado) o los «minaretes vibrantes», y los castillos y pequeños pueblos con un encanto especial. Aparte de todo esto, cada ciudad cuenta con interminables y laberínticos bazares y un adecuado número de hammanes (baños públicos) reconvertidos en bonitas casas de té donde fumar kalyan (pipa de agua).

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Edificios de Kashan desde el tejado del «hamman» Sultan Amir Ahmad.

Mi preocupación inicial sobre hacerme entender acerca de mi dieta vegetariana me llevó a imprimir varias frases en persa a modo de último recurso. Pero la cocina iraní no es especialmente extraña. Aunque conocen y usan muchas especias, algo que se adivina rápidamente al pasear por los bazares, los sabores están muy equilibrados. A excepción de algunas carnes a las que no estamos acostumbrados, como la de oveja, el resto de platos proporciona sabores agradables y suaves. Tal vez la berenjena sea la verdura más predominante, cocinada de formas muy peculiares y variadas. También es muy común servir cebolla cruda a modo de entrante, cortada en gajos y acompañada de distintas hierbas similares a la menta. Pero el que quizás sea el plato estrella, al que al final acabábamos recurriendo una y otra vez, es el kebab. Sin tener nada que ver con su homónimo turco, son pequeñas porciones de carne de pollo o ternera ligeramente aliñadas y ensartadas en un pincho, asadas a la brasa y acompañadas de arroz con azafrán. Siempre delicioso.

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El pueblo de Masuleh, construido en plena naturaleza.

El alcohol, el tabaco y los juegos de azar están prohibidos a nivel nacional. La cerveza sin alcohol campa a sus anchas en las cartas de los restaurantes. De distintos sabores, cada cual más extravagante, como las frutas tropicales o el melocotón, la de limón tal vez fuese la más digerible. Simplemente una aberración. Así que a falta de cualquier otro vicio, nos dedicábamos a fumar kalyan para al menos provocarnos un pequeño colocón hiperventilándonos. Esto se convirtió en nuestra droga diaria, hasta el punto de sentir cierto nerviosismo si no teníamos localizado nuestro próximo hamman.

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Posición más elevada del Castillo de Alamut.

Aunque el persa es indescifrable tanto en su forma escrita (muy similar al alfabeto árabe) como hablada, y muy poca gente habla inglés, siempre teníamos a alguien cerca dispuesto a ser adoptado indefinidamente. Hasta el punto de que en muchas ocasiones comenzó a darnos pánico preguntar. Esto tiene su lado bueno, ya que disponíamos de intérpretes y guías gratuitos constantemente, y su lado malo, ya que en ocasiones algunos resultaban bastante pesados y de poca utilidad. Pero en general es una conducta de agradecer, que además desembocó en anécdotas muy curiosas, como la de Alí, un profesor jubilado que nos enseñó lugares de Isfahan que no hubiéramos conocido por nosotros mismos, deleitándonos con amenos relatos aderezados con pequeñas duchas de saliva si te encontrabas muy cerca. Sin duda un personaje muy peculiar y adorable.

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Valle en el macizo montañoso de Elburz, de regreso a Qazvin.

Fecha de la salida: 26/9-14/10/2012

Anécdotas

  • Nada más llegar al aeropuerto de Teherán necesitábamos cambiar algo de dinero para pagar el autobús que nos llevaría al aeropuerto doméstico de Mehrabad, donde cogeríamos un último avión hasta Kerman. Ya sabíamos que el aeropuerto no era el lugar idóneo, pero el hombre de la ventanilla de cambio no dudó en aclarárnoslo diciendo que él nos daría alrededor de 15.000 riales por euro cuando en el hotel nos darían unos 25.000.
  • Ya esperando al autobús que nos llevaría a Mehrabad, justo a la salida del aeropuerto de Teherán, un hombre muy acelerado nos contó su vida, a la par que otro hizo lo mismo y nos dio su tarjeta insistiendo en que le llamásemos si necesitábamos cualquier cosa, pese a viajar en dirección opuesta a la nuestra, ofreciéndose a solucionar cualquier problema o a contactar con algún conocido o familiar suyo que pudiera hacerlo.
  • Estando en Yazd una chica se nos acercó para preguntarnos si nos interesaba hacer una excursión al día siguiente. Nos dijo que nos costaría 400.000 riales a cada uno. Como eran lugares a los que teníamos planeado ir de todas formas, le dijimos que sí. Luego supimos que trabajaba en la Oficina de Turismo. Más tarde nos dijo que había hablado con su jefe y que debíamos pagar 50.000 riales más cada uno por ser extranjeros. Nos negamos por no ser lo pactado y ella no insistió. Al día siguiente, junto con nosotros iba a venir a la excursión un chico japonés. El jefe, que haría de guía, sacó 50.000 riales del bolsillo y se los dio al japonés delante nuestro, diciendo que si nosotros no los habíamos pagado, él tampoco debía hacerlo.
  • En Shiraz alguien se despidió de nosotros con un «very very bye«.
  • Estando ya en la estación de autobuses de Shiraz para ir a Isfahan nos dijeron que teníamos una llamada del hotel que acabábamos de dejar. Resulta que Txe se había olvidado en la habitación una cartera con 240€ (allí una pequeña fortuna). Teníamos sólo quince minutos hasta la salida del bus. Txe dijo que cogía un taxi e iba corriendo a recoger el dinero, pero le dijeron que no hacía falta. Entre el hotel y la gente de la estación de autobuses se arreglaron para mandar un taxi que trajera el dinero hasta la estación y acompañar al taxista hasta la sala donde estábamos esperando, mientras estaban pendientes de que el autobús que íbamos a coger no se fuera sin nosotros hasta que no hubiéramos recibido el dinero.
  • En ese mismo autobús la Rubia se olvidó la Lonely Planet y Txe el Kindle. Afortunadamente, Paula había hecho amistad con una chica iraní que continuó en el autobús y con quien había intercambiado el teléfono. La llamamos, recogió las cosas y nos las trajo a nuestro hotel acompañada de sus padres. Dimos un paseo todos juntos y nos enseñaron Isfahan.
  • En una casa de té de Isfahan a la que fuimos a fumar kalyan conocimos al campeón de Irán de culturismo. Nos enseñó fotos suyas en periódicos y revistas, y nos dio una tarjeta de visita en la que se podía leer «Iran’s Bodybuilding Champion«.
  • En Isfahan un profesor jubilado llamado Alí nos hizo de guía turístico durante varias horas, llevándonos a tomar té y enseñándonos partes escondidas de la ciudad mientras ilustraba la visita con multitud de datos y curiosidades. Nos llevó a una tienda para comprar dulces de calidad y a un bonito restaurante. A cambio le invitamos a cenar con nosotros.
  • En Abyaneh, un pueblecito en las montañas, uno de los chavales de un grupo de amigos nos presentó al resto con un «my name is …» para cada uno de ellos (nada de «his name is …«).
  • En Kashan conocimos a un chaval terriblemente pesado que lo único que buscaba era mejorar su inglés y encontrar a una chica extranjera que le sacara del país. Más tarde conocimos a un fotógrafo que resultó ser casi tan pesado como el chaval, y los dos nos acompañaron durante largo rato. Tuvimos que posar resignados en una fuente mientras una patrulla de desconocidos que había por allí se dedicaba a sacarnos fotos con unos y con otros.
  • Camino a Rasht vimos cómo los dos chóferes cambiaban de conductor con el autobús en marcha. A diez minutos de haber salido de la estación, donde habíamos estado parados media hora.
  • En Fuman un hombre se puso en contacto con un amigo suyo para que éste nos llevara en su coche hasta Rasht. Nos explicó que era ilegal viajar seis, y que si la policía le paraba le podían multar. Aun así accedió a llevarnos por 120.000 riales. A cien metros del hotel donde nos tenía que dejar nos paró la policía para multarle. El hombre, visiblemente nervioso, cogió todo el dinero que llevaba encima, que podrían ser unos 50.000 riales, y se los dio bajo manga al policía, quien los aceptó disimuladamente. Como al dejarnos le vimos preocupado por no haber hecho negocio, le dimos en su lugar 150.000 riales y se fue muy agradecido.

Galería de fotos (Ver en Flickr)

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