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Desde Nerín comenzamos a andar con todos los trastos, tiendas de campaña incluidas. Salimos tarde y se nos hizo de noche enseguida, aunque lo teníamos ya previsto. A mitad de camino queríamos parar a dormir en un pequeño refugio que resultó estar cerrado. En la puerta indicaba que había una mallata (pequeña borda de pastores) a 600 metros. Continuamos el sendero, fuera del camino de subida hacia Góriz, intentando encontrar esa borda (o alguna otra) durante largo rato, pero lo único que encontramos fue oscuridad y vacas. Finalmente decidimos retomar la pista y buscar un sitio para montar la tienda. Casualmente, justo al llegar a la pista encontramos un pequeño resalte bastante llano donde pusimos la tienda grande. Dormimos hasta el amanecer.

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Al día siguiente nos despertamos con las primeras luces y comenzamos a desmontar. Yo pasé bastante frío durante la noche porque llevé el saco de verano. En aquel momento apareció uno de los guardas del parque en un 4×4. Nos recordó que no podíamos acampar, lo cual resultó obvio ya que ya estábamos desmontando la tienda. Le comentamos que la noche anterior tuvimos que parar allí y nos dijo que no había ningún problema.

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Continuamos hasta Góriz. Allí dejamos algunos trastos y enseguida comenzamos la ascensión hacia el Monte Perdido (3.355m). Es una ascensión lenta y larga, pero muy bonita. Había mucha gente haciendo el mismo trayecto (de hecho, el refugio estaba completo). A excepción de una pequeña bronca de un guarda por llevar a Lukas suelto, llegamos a la cima sin contratiempos. Allí hicimos unas fotos y comenzamos a bajar rápidamente, ya que unos nubarrones cercanos amenazaban tormenta.

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Decidí adelantarme y subir al Cilindro de Marboré (3.325m), Pitón SW (3.194m) incluido. La subida es muy empinada pero corta. En ese momento estaba bastante cansado, posiblemente por haber dormido poco la noche anterior. El camino estaba repleto de pequeñas piedras y tierra, lo que lo hacía complicado y resbaladizo. Subí al Pitón e hice unas fotos deprisa, ya que los nubarrones ya estaban justo encima. Al igual que me pasara en Torre Cerredo, el vello se me comenzó a erizar y el ambiente se tornó de ese color amarillento previo a la tormenta. En el collado había dos tíos que se estaban preparando para subir al Cilindro también. Subimos los tres juntos y tras la primera trepada comenzó a llover intensamente. Seguimos a paso forzado hasta la cima, sacamos una foto rápida y dimos media vuelta. El regreso resultó un poco complicado debido a la roca mojada y lo expuesto de algunos pasos aislados. Afortunadamente, ellos llevaban una pequeña cuerda y pudimos rapelar un par de paredes antes de llegar de nuevo al collado (de otra forma los destrepes hubieran sido bastante complicados, especialmente el último). Recuperamos las mochilas y bajamos de nuevo hasta el Collado del Cilindro por la misma pendiente de subida, ahora medio embarrada por la lluvia. Allí nos despedimos.

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Continué el camino normal de bajada hacia el refugio mientras todavía seguía lloviendo. Al cabo de un rato me encontré con Mikel y unos cuantos tíos que estaban refugiados en una especie de entrante en la pared. Dos de ellos iban a hacer vivac allí. Comenzó a dejar de llover. Estuvimos un rato charlando y cambiándonos de ropa, antes de continuar directos hasta el refugio. Cuando llegamos al refugio nos secamos y montamos las tiendas, esta vez las dos, la grande y la nueva de Mikel. Antes de acostarnos preparamos en la cocina libre del refugio una especie de papilla que había llevado Mikel y que resultó bastante asquerosa, aunque al menos estaba caliente. Esa noche me puse toda la ropa que tenía para evitar el frío y al final no resultó tan mal.

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Al día siguiente me levanté y fui directo al refugio a desayunar. Había preguntado el día anterior y me habían dicho que el desayuno era abundante. Mikel se mostró contrario a dejarles dinero. Tras barajar distintas posibilidades, finalmente decidimos tomarnos el día tranquilo y subir el Punta Tobacor (2.779m) y un par de picos cercanos (Pico de Millaris (2.619m) y Monte Arruebo (2.751m)), montes a los que nadie va por no ser tresmiles. Cuando estábamos en la cima vimos llegar a un tío corriendo que resultó ser uno de los guardas del refugio que había ido a dar un paseo. Nuestro recorrido se tornó un poco más largo de lo esperado, aunque fue agradable porque el día salió fabuloso.

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Una vez de vuelta en el refugio cargamos todos los trastos de nuevo y comenzamos rápidamente la bajada tras deliberar durante un momento si esperábamos o no a que pasaran unos nubarrones que, al igual que el día anterior, de repente se habían instalado en el valle. Decidimos bajar rápidamente y en el momento de salir comenzó a llover. Teníamos la esperanza de que al dejar el valle la lluvia cesase, ya que veíamos algún claro al fondo. Pero no hizo más que empeorar. La tormenta nos acompañó durante todo el camino y en algunos momentos la lluvia era realmente intensa y fría. No nos quedó más remedio que agachar la cabeza y tirar para adelante, ya totalmente calados y escuchando en algunos momentos los amenazadores truenos a nuestra espalda.

Llegamos al coche totalmente empapados. Había dejado de llover unos minutos antes, así que al menos pudimos cambiarnos de ropa con cierta tranquilidad. Entramos al bar del Hotel Palazio a tomar algo caliente y cuando salimos ya era de noche. Condujimos todo el camino de vuelta en plena oscuridad y llegamos más tarde de medianoche. Un fin de semana muy bien aprovechado.

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Referencias